19 oct. 2017

la demencia del no sé


Prefiero el rechazo que deshilacha las venas de dolor que la incertidumbre del tal vez que se evapora sigiloso en la noche. Siempre lo tuve claro. El quiebre llegó cuando entendí que ninguna de las dos cosas dependía de mí. Y qué sano y qué insano y qué neutral. Qué heroico y qué cobarde saberse sujeta a los términos y condiciones ajenos, conociendo a la perfección esta suerte de cárcel de la que no sé cómo salir. Qué privilegio y qué castigo esta hiperconciencia que me obliga a saberme sufrida sin darme las herramientas para saberme liberada; qué delirio racional este viaje a trescientos kilómetros por hora, sin frenos, con choques mortales cada quince minutos para mi mente, para mi alma. Qué grito silencioso, qué luz oscura, qué eterna mortalidad. Que cada paso sean siete en mi cerebro, que cada día sean ocho semanas de qué pasaría si. Que cada alegría esconda diez miserias con escalas arbitrarias de qué sería mejor o qué sería peor, sabiendo que ninguna respuesta será un mimo, un alivio, un atisbo de estabilidad. Y qué martillo golpeando mi cabeza el irrefrenable amanecer de más días en los que no voy a descubrir cómo apagar mi mente, o el tiempo, o ambas.

15 ene. 2017

derrape

 

     El alma volátil disfruta de muchas primeras sonrisas, pero todas terminan hundidas en un viejo y conocido dolor. La cautela de volar sabiendo que vas a derrapar. La adrenalina de seguir volando, anhelando un destino sin cicatrices, o aprender cómo planear. Cada reencuentro con el dolor es más simple y fraterno que el anterior. Nos conocemos, nos abrazamos, pero cada vez nos despedimos con mayor rapidez. Quizás es porque sabemos, aunque nunca se haya dicho en voz alta, que volveremos a sentirnos.
   Cada derrape despierta una ira fugaz, un reproche a la falta de amor propio, un chasquido resignado. Y, después, la vida. Las caídas se repiten pero nunca deshonran al dolor. Se repiten por la costumbre de creer que todo está bien mientras solo exista un alma gasta. Por estirar los dedos, intentando alcanzar la utopía de caer con gracia. Por la constante necesidad, casi adictiva, de buscar vuelos que muestren nuevos ojos, nuevos soles.
   Aunque siempre sepas que vas a caer.

Currículum

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Montevideo, Uruguay
escribir en primera persona no es escribir sobre mí.